By José Quintero

Ecos descalcificados

Calaveras de nadie, la más reciente exposición individual montada en torno al trabajo gráfico de quien esto escribe, se inauguró en septiembre de 2018 y fue clausurada en febrero del año en curso.

El resultado no me dejó ni remotamente satisfecho por la relativa debilidad de la producción gráfica realizada hasta ese momento (los cuadros pintados en acrílico, particularmente) y la falta de imágenes contundentes y -por tanto- dignas de memoria; pero nunca está de más detenerse a contemplarse a través de la propia obra y evaluar el camino andado. En ese sentido la exposición cumplió con su cometido de forma cabal.

Traigo a cuento la finada exposición porque estuve desconectado de este blog por esos días y no hice ni la invitación correspondiente ni su debido registro histórico, cosa que me dispongo a corregir en este post extemporáneo compartiendo algunas fotos además de la ficha curatorial. 


CALAVERAS DE NADIE

Son dos los aspectos con los que la muerte ha fascinado tanto al anciano que fui en mi remota juventud como al adolescente que soy hoy día. Por un lado, su vertiente conceptual: antípoda de la vida, encarnación de la nada, diva de la antimateria. Por el otro -acentuado por el paso y el peso de mis años como dibujante- se encuentra su belleza oscura y brutal como un hecho plenamente estético. Existe una enorme fuerza plástica en ese artefacto barroco que se encuentra plantado dentro de la viva carne de cada uno de nosotros. Traer sembrada a la muerte desde nuestro nacimiento es un hecho morbosamente plástico.

Bella, siniestra, grácil y seductoramente compleja resulta la muerte para el ojo casquivano del artista; quien -a punta de lápiz o cualesquiera otra herramienta de reminiscencias fálicas- pretende desvelar el mas apartado y poroso rincón de la arquitectura ósea de la dama de calcio. 

Así como en los seres vivos más desarrollados la expresión facial -e incluso la sola mirada- son el foco que revela la vida interior; es el rostro descarnado del esqueleto (la calavera propiamente dicha) lo que evidencia la vastedad emocional que, a pesar de su gestualidad imposible, nos pone a filosofar crudamente sobre la existencia humana al tiempo que nos vigila con ese par de pozos vacíos que son sus cuencas oculares. Pozos inertes que, sin embargo, nos miran fijamente desde el fondo de la nada. Y uno sabe que en lo más profundo de esos hoyos hay alguien -o algo- dialogando con nosotros a través de la mirada.

La columna vertebral de esta muestra ilustropictórica (valga la ósea analogía) reposa, pues, sobre la belleza mórbida y exuberante del esqueleto humano. Reflexión gráfica articulada por colores encendidos, trazos violentos, formas orgánicas y situaciones mas o menos dramáticas que tienen a la muerte -en sus varias acepciones simbólicas- como personaje central. 

Calaveras de nadie es, a pesar a lo que sugiere su fúnebre pluralidad, el diálogo personalísimo del autor con su propia calavera y, si me es permitido el exceso retórico, con la muerte sembrada en carne propia.


CALAVERAS DE NADIE

Gráfica ósea de José Quintero
Inauguración: 8 de septiembre de 2018 20:00 Hrs.
MUSA Cultura visual
3 Sur #504, Puebla, México.


By José Quintero

Como abejas libando sobre versos

Ilustropoesía silvestre al servicio de la comunidad


En octubre del año pasado fui invitado a impartir un taller de ilustración y poesía en la ciudad de Puebla. “Simona la cacariza” -dije- y al aceptar me vi forzado a reconocer a la escritura poética como una parte integral de mi vida; algo a lo que nunca me había atrevido, incluso teniendo en mi haber la publicación de un libro de ilustropoesía (Flor de Adrenalina, 2009).

Tanto los jóvenes que se incorporaron al taller como quien esto escribe, acordamos culminar nuestro curso con una publicación que recogiera parte del trabajo ahí desarrollado. Ha llegado el momento de honrar ese acuerdo y hacerlo público (sonido de fanfarrias macabras y aplausos enlatados).

Como algunos saben -sobre todo los más chismositos-, desde 2014 hasta esta fecha no he publicado un sólo libro. Este ayuno editorial pesa grandemente sobre mi ánimo porque la creación gráfica, literaria y editorial en su conjunto (la transmutación de esa materia prima a la forma libro) es una de las actividades que colman mi espíritu de mejor manera. 

El fanzine poético que ahora compartimos resulta útil en varios sentidos. Para los neo poetas que en él participan resulta un medio digno para iniciar una ruta creativa que espero sea larga y fructífera. En lo personal permite retomar mi truncada labor editorial, pues además de la participación poética me he hecho cargo de las múltiples tareas que conlleva un proyecto de esta naturaleza (coordinación, diseño, formación, acabados etc.). En resumen, esta experiencia ha sido un gozoso round de sombra con el que hemos ganado confianza y autoestima: los millenials para andar su camino; yo para acometer la pila de proyectos editoriales que me mira rencorosamente desde algún oscuro rincón del disco duro.

Sin mas que decir por el momento, compartimos el archivo en formato digital. Que las abejas de la ilustropoesía encuentren un oasis de buena miel para libar en este páramo yermo que es la realidad. 

JQ

Enero 2019




By José Quintero

Todo se transforma

¡Al ladrón, al ladrón! O en buen mexicano: ¡Agárrenlo, que es ratero!

Una de las opiniones más socorridas de Pablo Picasso -artista pródigo en frases geniales y dibujos desconchabaditos- cuestiona la originalidad irrestricta en la creación artística: 

Los malos artistas copian. Los buenos, roban.”

Y aunque nunca he comprendido a cabalidad esta sentencia, la suscribo en tanto que copiar es tomar disimulada y taimadamente; mientras que el hurto implica una usurpación o -mejor dicho- una apropiación formal del objeto robado. El copista imita, el ladrón se apodera de la cosa deseada.

Con perdón de Picasso (o a pesar de, o con su total indiferencia como aval) no me interesa el robo como recurso creativo. Apropiarse de lo ajeno me parece no sólo inmoral y desaseado, sino poco elegante; aunque es verdad que hay amigos de lo ajeno que hasta el acto de robar lo realizan con porte y elegancia. 

Del robo al plagio hay sólo un paso, pues mientras el ladrón sentencia “ahora esto es mío”, el plagiario dice “esto lo he hecho yo”. Es decir, hay una dimensión de honestidad en el ladrón de la que carece el plagiario y una dimensión de dignidad de la que carecen ambos dos.

 Tengo claro que robar es tomar lo que no es nuestro y esto conlleva instrínsecamente un acto de injusticia y despojo, pero… ¿Y si nada es de nadie? ¿Y si todo pertenece a todos? ¿Y si un amigo de lo ajeno es también un amigo de lo propio?


Arte boomerang

Como he expresado en reiteradas ocasiones, soy un firme creyente en la circularidad del arte y la cultura (el arte es un boomerang, hay que aprender a recibir aquello que arrojamos). Sostengo que en materia de sembrar realidades -pues eso y no otra cosa es la cultura- no hay lugar para protagonismos mamones ni copyright que valga. La cultura es comunal o no lo es. Incluso sus más destacados representantes en lo individual no son sino embajadores subatómicos del genio social. 

A fuerza de roer y roer esta idea hoy me resulta familiar; pero para llegar a este punto he tenido que expulsar de mi cabeza toda la basura propagandística que deifica al sujeto a niveles delirantes e intenta convencer a propios y extraños de que lo social enturbia la creatividad y uniforma el pensamiento. El sabinesco “hombre del traje gris” no debe la grisura de su existencia a una sociedad totalitaria en abstracto que anula cualquier rasgo de singularidad, sino específicamente a la sociedad industrial capitalista* que reduce la identidad y la existencia misma a la mera capacidad de consumo.

Es menester entonces desacralizar el dogma de la propiedad privada o al menos desterrarlo de la geografía de la cultura. Si entendemos el arte como expresión libre y común al espíritu humano, los conceptos jurídico-mercantilistas de enajenación, plagio y robo pierden todo su sentido.

“Lo malo no es robar, lo malo es que te cachen”, reza una perla del refranero popular que vuelve transparente nuestra relación cotidiana con el arte del hurto. La elegancia del robar (su énfasis) consiste en hacer que un objeto cambie de dueño sin que nadie se de cuenta. Lo otro: el despojo, la violencia, el vulgar despliegue de poder es cosa de capitalistas tardíos y neoliberales tempranos.

Como diría el clásico: debemos movernos a un escenario donde el sólo concepto de robar o plagiar resulte inválido.


El arte del hurto o confieso que he calcado

En mi zigzageante desarrollo creativo he echado mano de cuanto recurso ha estado a mi alcance, pero como buen ladrón -y mal mago- he revelado mis trucos sin demasiado pudor. Confieso que he calcado, manipulado imágenes ajenas y tomado referencias gráficas cual si fuesen manzanas colgando del árbol del conocimiento, pero siempre bajo un principio ético rector: convertir cada pequeña pieza tomada de acá y acullá en algo totalmente distinto al original, en una obra que no existía antes de haber pasado por mi licuadora creativa de seis velocidades. Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan, mi plumaje no es de esos.

Con todo y todo, hay situaciones que parecen contradecir toda la verborrea que tan afanosamente he elaborado. Hace algún tiempo -charlando sobre los robos más escandalosos y los más sonoros desfiguros gremiales- un colega aludió a un posible plagio de mi parte a una ilustración de Ted McKeever, notabilísimo historietista norteamericano de trazo fuerte y contundente. Al hurto en sí habría que sumar otro agravante: la obra en comento es -posiblemente- un autorretrato del propio McKeever. Cosa más íntima que un autorretrato no puede haber y cosa más vil que un doble plagio, tampoco.

Debo decir que mi autorretrato fue elaborado de manera espontánea -e incluso improvisada- durante un curso de ilustración digital, de modo que cuento con el testimonio a mi favor de los asistentes a aquella sesión, pero ese no es el punto. No escribo esto para lavar mi posible deshonra, sino para reflexionar en voz alta acerca de la dialéctica creativa.

Esta curiosa coincidencia, la de una idea surgiendo al mismo tiempo en lugares distintos tiene un nombre igualmente curioso: “descubrimiento múltiple”. Cierto contexto sociocultural, cierto momento histórico, cierta sensibilidad común entre dos o más individuos (o agentes culturales, como prefiero llamarles cuando me pongo denso) da como resultado obras de similar calado. Gústame pensar que McKeever y yo hemos sido protagonistas de ese singular fenómeno cultural… No el del plagio, sino el del descubrimiento múltiple. 

Termino con la misma cita con la que comencé este hilo ideas. “Los malos artistas copian. Los buenos, roban”, dice Picasso. Yo digo que en materia de cultura nada se crea, se copia o se roba; Todo, todo se transforma. 



* El socialismo realmente existente siguió un esquema aproximado, pero -como teorizó Alvin Tofler– esto se debió a que ambos sistemas económicos compartieron paradigma común: el de una sociedad industrial con espíritu fabril que supeditaba todo al productivismo y la salud de los índices macro económicos. 

1 2 3
Ecos descalcificados
Como abejas libando sobre versos
Todo se transforma
Autorretratos e higiene egoica
Arte boomerang
Edén / Gallito 50