By José Quintero

Buba en Once TV

El martes 12 de febrero se transmitirá el capítulo dedicado a mi persona en la serie Moneros, de canal 11. El programa fue meticulosamente producido y devotamente elaborado por los talentosos videoastas de Muchitos Locos y forma parte de una primera temporada de 5 episodios -dedicados a un número similar de destacados artistas- que aspira a ampliar su radio de alcance a 13.

Como ya he comentado en otro momento, dejé de ver televisión desde hace mas de veinte años y guardo una escrupulosa distancia con ese medio (el de la visión a distancia). Diré más: tengo serios problemas con mi auto imagen y mi capacidad de transmitir ideas en el entorno televisivo. Sin embargo, me gustó mucho el episodio dedicado a mi persona y mi obra porque me permite recapitular este momento de mi vida y contemplarme desde una óptica sustancialmente distinta a aquella con la que habitualmente me observo y vigilo, arropado por el invaluable soporte estético/dialéctico de los Loquitos Muchos.  

Resalto que de entre los pocos proyectos audiovisuales que han fijado su atención en mi quehacer gráfico (y el de mi generación), el canal 11 ha sido más que consistente y más que generoso en su seguimiento, haciendo honor a su vena cultural. ¿Cuánto no ha aportado a la cultura popular, su análisis y su registro histórico? pregunto yo, y dejo reposando esta pregunta en el tibio éter.

Quedan emplazados a desconocer y repudiar la oprobiosa intromisión de la execrable derecha mundial en los procesos internos de la hermana república de Venezuela y a ver el programa dedicado a mi persona humana en la serie Moneros de canal 11. 

Abrazo virtual.

By José Quintero

Todo se transforma

¡Al ladrón, al ladrón! O en buen mexicano: ¡Agárrenlo, que es ratero!

Una de las opiniones más socorridas de Pablo Picasso -artista pródigo en frases geniales y dibujos desconchabaditos- cuestiona la originalidad irrestricta en la creación artística: 

Los malos artistas copian. Los buenos, roban.”

Y aunque nunca he comprendido a cabalidad esta sentencia, la suscribo en tanto que copiar es tomar disimulada y taimadamente; mientras que el hurto implica una usurpación o -mejor dicho- una apropiación formal del objeto robado. El copista imita, el ladrón se apodera de la cosa deseada.

Con perdón de Picasso (o a pesar de, o con su total indiferencia como aval) no me interesa el robo como recurso creativo. Apropiarse de lo ajeno me parece no sólo inmoral y desaseado, sino poco elegante; aunque es verdad que hay amigos de lo ajeno que hasta el acto de robar lo realizan con porte y elegancia. 

Del robo al plagio hay sólo un paso, pues mientras el ladrón sentencia “ahora esto es mío”, el plagiario dice “esto lo he hecho yo”. Es decir, hay una dimensión de honestidad en el ladrón de la que carece el plagiario y una dimensión de dignidad de la que carecen ambos dos.

 Tengo claro que robar es tomar lo que no es nuestro y esto conlleva instrínsecamente un acto de injusticia y despojo, pero… ¿Y si nada es de nadie? ¿Y si todo pertenece a todos? ¿Y si un amigo de lo ajeno es también un amigo de lo propio?


Arte boomerang

Como he expresado en reiteradas ocasiones, soy un firme creyente en la circularidad del arte y la cultura (el arte es un boomerang, hay que aprender a recibir aquello que arrojamos). Sostengo que en materia de sembrar realidades -pues eso y no otra cosa es la cultura- no hay lugar para protagonismos mamones ni copyright que valga. La cultura es comunal o no lo es. Incluso sus más destacados representantes en lo individual no son sino embajadores subatómicos del genio social. 

A fuerza de roer y roer esta idea hoy me resulta familiar; pero para llegar a este punto he tenido que expulsar de mi cabeza toda la basura propagandística que deifica al sujeto a niveles delirantes e intenta convencer a propios y extraños de que lo social enturbia la creatividad y uniforma el pensamiento. El sabinesco “hombre del traje gris” no debe la grisura de su existencia a una sociedad totalitaria en abstracto que anula cualquier rasgo de singularidad, sino específicamente a la sociedad industrial capitalista* que reduce la identidad y la existencia misma a la mera capacidad de consumo.

Es menester entonces desacralizar el dogma de la propiedad privada o al menos desterrarlo de la geografía de la cultura. Si entendemos el arte como expresión libre y común al espíritu humano, los conceptos jurídico-mercantilistas de enajenación, plagio y robo pierden todo su sentido.

“Lo malo no es robar, lo malo es que te cachen”, reza una perla del refranero popular que vuelve transparente nuestra relación cotidiana con el arte del hurto. La elegancia del robar (su énfasis) consiste en hacer que un objeto cambie de dueño sin que nadie se de cuenta. Lo otro: el despojo, la violencia, el vulgar despliegue de poder es cosa de capitalistas tardíos y neoliberales tempranos.

Como diría el clásico: debemos movernos a un escenario donde el sólo concepto de robar o plagiar resulte inválido.


El arte del hurto o confieso que he calcado

En mi zigzageante desarrollo creativo he echado mano de cuanto recurso ha estado a mi alcance, pero como buen ladrón -y mal mago- he revelado mis trucos sin demasiado pudor. Confieso que he calcado, manipulado imágenes ajenas y tomado referencias gráficas cual si fuesen manzanas colgando del árbol del conocimiento, pero siempre bajo un principio ético rector: convertir cada pequeña pieza tomada de acá y acullá en algo totalmente distinto al original, en una obra que no existía antes de haber pasado por mi licuadora creativa de seis velocidades. Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan, mi plumaje no es de esos.

Con todo y todo, hay situaciones que parecen contradecir toda la verborrea que tan afanosamente he elaborado. Hace algún tiempo -charlando sobre los robos más escandalosos y los más sonoros desfiguros gremiales- un colega aludió a un posible plagio de mi parte a una ilustración de Ted McKeever, notabilísimo historietista norteamericano de trazo fuerte y contundente. Al hurto en sí habría que sumar otro agravante: la obra en comento es -posiblemente- un autorretrato del propio McKeever. Cosa más íntima que un autorretrato no puede haber y cosa más vil que un doble plagio, tampoco.

Debo decir que mi autorretrato fue elaborado de manera espontánea -e incluso improvisada- durante un curso de ilustración digital, de modo que cuento con el testimonio a mi favor de los asistentes a aquella sesión, pero ese no es el punto. No escribo esto para lavar mi posible deshonra, sino para reflexionar en voz alta acerca de la dialéctica creativa.

Esta curiosa coincidencia, la de una idea surgiendo al mismo tiempo en lugares distintos tiene un nombre igualmente curioso: “descubrimiento múltiple”. Cierto contexto sociocultural, cierto momento histórico, cierta sensibilidad común entre dos o más individuos (o agentes culturales, como prefiero llamarles cuando me pongo denso) da como resultado obras de similar calado. Gústame pensar que McKeever y yo hemos sido protagonistas de ese singular fenómeno cultural… No el del plagio, sino el del descubrimiento múltiple. 

Termino con la misma cita con la que comencé este hilo ideas. “Los malos artistas copian. Los buenos, roban”, dice Picasso. Yo digo que en materia de cultura nada se crea, se copia o se roba; Todo, todo se transforma. 



* El socialismo realmente existente siguió un esquema aproximado, pero -como teorizó Alvin Tofler– esto se debió a que ambos sistemas económicos compartieron paradigma común: el de una sociedad industrial con espíritu fabril que supeditaba todo al productivismo y la salud de los índices macro económicos. 

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