By José Quintero

El arte de la estampa en Puebla

Por iniciativa de Trazo Laboratorio, el próximo 13 de mayo se presentará la exposición El Arte de la Estampa y Desert Triangle en la Galería Integrarte, en la mismísima ciudad de Puebla (qué chula es Puebla, qué linda). Un sexo-servidor asistirá en calidad de invitado especial y, si las cosas salen bien, presentaremos una o dos serigrafías impresas por el brazo poderoso y venudo del maestro Arturo Negrete. El colega Jilipollo exhibiirá 5 piezas de su autoría y todos juntos exhibiremos nuestras desvergüenzas.
Invitados están.
El Arte de la Estampa por Arturo Negrete y Desert Triangle, Print carpeta.
Inauguración 13 de mayo 2017 a las 18:30 horas.
Galería Integrarte – 23 sur 4120
Ex Hacienda la Noria Puebla, México.

By José Quintero

Autorretratos e higiene egoica

“Artista, no dejes que se te infle el ego. Hazte más pequeño que tu obra”.
Alejandro Jodorowsky

No faltará quien piense que tanto pinche autorretrato de mi persona humana es la manifestación evidente de una personalidad narcisista y desbordada. Permítanme refutar este argumento contra-argumentando que, en mi caso, se trata justamente de lo contrario: utilizo mi interfase física para cosificarme, para volverme un motivo gráfico que, al ser dibujado, permita al ser en sí tomar distancia del costal de tripas y secreciones que lo contiene.
Considero a estos autorretratos como una tarea de higiene egoica. Considero, por tanto, que el dibujo es una herramienta de sanación personal.

No suelo dibujarme cuando estoy contento, sino cuando me siento triste o inseguro o bien cuando enfrento un bloqueo creativo de pronóstico reservado. Abordo mis seudo selfies como quien interroga a las formas, como quien se busca ante el espejo las nuevas canas (¡o el pelo que se cae, qué puta angustia!), las arrugas irreparables o los rasgos ancestrales.
A veces hay espacio para el ludismo, a veces no. A veces -con frecuencia- para el autoescarnio, para los golpes bajos disfrazados de humor negro. A veces me sorprendo con ocurrencias que saltan de la nada (¿y si nos ponemos nariz de payaso? ¿y si nos disfrazamos de Juan Diego?).
El objetivo de mis auto representaciones no es ensalzarme, sino buscar la confrontación. Depurar la identidad a golpe de trazos, que suelen ser -en mi experiencia- mucho más certeros que las palabras y/o los análisis pretendidamente racionales.
Hace unos días (mientras veía un documental sobre yoga, ego y demás parafernalia del espíritu) me apaniqué pensando que, en lugar de potenciar el desapego de mi identidad (de aquello que yo mismo interpreto y asumo que soy), los autorretratos refuerzan o consolidan dicho apego; tal cual las adolescentes feisbuqueras o las guapas de Instagram, que definen su identidad a través de los atributos de su envase.
En este caso, los autorretratos serían no sólo un ejemplo de ridícula vanidad (¿merecemos los feos tal derecho?) sino un acto terriblemente nocivo para el proceso de auto conocimiento.

Después de darle algunas vueltas a esta idea del reforzamiento del ego -que considero parcialmente atinada- concluí que los autorretratos pueden ser útiles o dañinos dependiendo de la manera en la que se les encare, valga la expresión. Es decir que si el proceso de limpieza identitaria consiste en exprimir gráficamente todas las ideas -equivocadas o no- que uno tiene sobre su persona y, una vez visualizadas y vertidas en el lienzo, puede soltarlas y dejarlas correr (deshacerse de ellas como quien se deshace de sus fluidos corporales: así nomás), en ese caso el retrato será de enorme utilidad para vaciar el contenido del recipiente egoico. En caso contrario, se estará al nivel de las bellas de las redes sociales.

PD Hay una última razón (fundamental) por la que disfruto dibujar mi rostro. Una razón táctil, plástica y emotiva: cuando recorro mis rasgos con las cerdas de la brocha digital (¡ah, cerdas!) tengo oportunidad de acariciarme y decirme yo solito: –Ya, ya… pinche Josesito. Estás feo como la chingada, pero eso se te quita con un buen render.

By José Quintero

Arte boomerang

Como he comentado en repetidas ocasiones, soy partidario de una cultura libre, circular y, más que universal, pluriversal. Sostengo que la cultura la hacemos todos, que los roles de artista y público no son fijos, sino intercambiables (en un momento somos los autores de una obra y al siguiente nos convertimos en sus lectores). Sostengo -siguiendo el hilo de algunas reflexiones borgesianas– que el lector es tan autor como el autor mismo de una obra, pues mientras el primero crea, el público recrea al momento de la lectura y al recrear realiza una obra hasta entonces inerte, potencial y en estado comatoso.

El arte (la creación) es circular. Las obras van y vuelven pero vuelven re-significadas, cargadas de un nuevo sentido ajeno -posiblemente- al ideado por su creador original, pero no a la obra misma; y para documentar estos dichos, les muestro un par de ejercicios creativos.
El primero es resultado de la interpretación de una interpretación a un dibujo mio. Me explico: el dibujo original es un Caronte con su respectiva Buba elaborado en tinta china digital. La interpretación es de un escultor -desconocido por mi- que subió su proceso de trabajo a YouTube, y la re re-interpretación corrió nuevamente por mi cuenta.

El segundo ejercicio es una ilustración de Caronte basado en una firma/sketch trazada sobre un ejemplar del Volumen 2 de Buba. Si bien este segundo caso no resulta tan interesante, sirve para ejemplificar el intrincado y azaroso curso de las rutas creativas y de su circularidad.
El arte es un boomerang, hay que aprender a recibir aquello que arrojamos.

 

El arte de la estampa en Puebla
Autorretratos e higiene egoica
Arte boomerang