by José Quintero

Hace siete años inauguré la curiosa tradición de escribir, componer y grabar una pieza musical dentro de los primeros días de abril. Esta ocasión cumplo el rito sacando del cajón de las vergüenzas una canción que escribí siendo muy joven (tendría unos 17 o 18 años) y que he ido corrigiendo muy a mi aire en el transcurso de los años. De la versión original conservo un par de estrofas: las más significativas, las que le dan su identidad oscura-urbana-chilanga y que remiten a mis días de tormentosa dolencia adolescente.
El simulacro de canción conserva íntegramente su línea melodica compuesta antes de saber tocar un sólo acorde (muy en la vena del gran José Alfredo Jiménez). En aquellos días, por cierto, las limitaciones técnicas me obligaban a memorizar cada melodía o bien a grabarlas en alguno de mis desmadrados casetes. Muchas canciones veinteañeras se perdieron por alguna sobregrabación accidental, en alguna cinta devorada por el tocacintas (siempre le conocimos como “grabadora”, pero en esta redacción me quise ver muy correcto) o por mi mala memoria. En todo caso, esas pequeñas tragedias sólo me impactaron a mi y la humanidad ni se dio por enterada.
Y a propósito de limitaciones técnicas, en la grabación reciente tuve que capturar la guitarra y la voz desde el micrófono del ordenador (en mi pueblo le conocemos como “computadora”, pero en esta redacción me quise ver muy correcto), lo cual ocasiona que el sonido de ambos instrumentos -guitarra y túnel de la cantada– suenen peor de lo habitual. También cambié la relación tonal del estribillo porque no recordé los acordes originales, pero creo que al final suena mejor.

Releyendo la letra caigo en cuenta de su transparencia y su curiosa coherencia con respecto a mi trabajo gráfico y mi persona. Es una canción que apela a imágenes mentales que evocan -a su vez- un estado emocional específico. Veo estampas de mi cotidianidad adolescente en la primera estrofa. Veo pasajes de la mitología católica (todavía vivía vivamente el duelo por la muerte de Dios). Veo la huella indeleble de mi encuentro con la literatura borgesiana (por cierto, he escuchado que le llaman literatura borgiana, pero eso refiere más bien a los Borgia ¿o estoy equivocado?). Veo referencias al minotauro y la sirena, aunque estas fueron escritas muchos años después, seguramente en mi paso fugaz por Filosofía y Letras y veo con tristeza que me sigo sintiendo -hoy como ayer- igualmente abrumado por este mundo ojete, mierda y desesperanzador. O para decirlo con una mínima corrección discursiva, me siento hostilizado por este planteamiento civilizatorio a todas luces erróneo.

[SPOILER ALERT] Me cae a toda madre el ser humano que fui en mi adolescencia, pero siento un poco apenado por la forma tan triste en la que envejeció. ¡Prometía tanto el muchacho!

Como perros de azotea; paranoicos, presos.
Como gallos de pelea, asesinos a sueldo.
Como niños con mal de ojo: de ser vistos, enfermos.
Como Cristos a la inversa, con un pie en el infierno.
Así estamos hoy.

Como Borges viendo al mundo con sus ojos de ciego.
Como Pedro Infante en la era del amor pasajero.
Como un nido de sirenas en un pozo de fuego.
Como estatuas de magnesia, como bestias con ego.
Así estamos hoy.

Con el musgo adherido al corazón; Con la roña manchando nuestro honor.
En la muerte y en la resurrección que ocurrió al tercer día.

Con la eterna pesadilla que padecen los muertos.
Con los labios de la herida susurrantes y abiertos.
Con la sangre sin sentido que manó el insurrecto.
Y el elixir de la vida con el precio incorrecto.
Así estamos hoy.

Con el miedo inyectando el lagrimal, con la bestia en la zona genital.
Como un perro en mitad del eje vial y el veneno en la encía.

Como un cerdo destazado en el caudal de lo bello.
Como un beso de vampiro en la mitad de tu cuello.
Como el triste minotauro que se esconde en el metro.
Como el rey de los payasos convidándome el cetro.
Así estamos hoy.

Quintero
About Quintero
Dibujante autodidacta, domador de historietas, cultor del verso, del ripio y del axioma, artista siempre abismado en las grandes incógnitas del ser humano.

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Como perros de azotea