by José Quintero

Bajo nuestra piel, vestida con la seda del racionalismo; Dentro de esos gadgets tecnológicos que manipulamos con pedantería post-humana; Detrás del estudiado gesto con que nos inmortalizamos en cada selfie (con cuyo nacimiento muere simultáneamente una neurona del inconsciente colectivo), hay un pequeño mono asustado por el rayo.
El sistema operativo de nuestra mente -diga lo que diga su etiqueta- opera con pulsiones primitivas, arcaicas y mágicas. Debajo de nuestra elaborada coartada racional reposa el mito.

Conocí el concepto de “el fango de los mitos” atendiendo a una charla desarrollada en el Buzón Ciudadano por Lutz A. Keferstein* (quien lo retomó, a su vez, de su maestro Carlos Rivas).

El fango de los mitos es ese lugar al que debemos acudir cíclicamente para verter en él todo nuestro caudal de pensamientos, ideas y convicciones. En su lodo glutinoso se hundirá -para quedar estancado en esa agua estancada- todo aquello que nos ha sido introyectado artificialmente (es decir, culturalmente) pero que no nos pertenece en lo esencial. Todo aquello que no nos ayuda a crecer (emociones tóxicas, ideas patógenas, ideología chatarra) quedará sepultado debajo del agua bruta. Pero del hundimiento se salvará lo que es auténticamente nuestro, lo que pertenece a esa especie a la cual pertenecemos, lo que expande el diámetro de nuestra esfera de consciencia.

Esta exposición es mi propio fango. Ante ustedes he venido a verter los iconos, mitos y arquetipos más caros a mi entraña creativa para re-crearme en su compañía cuantas veces sean necesarias (a fin de cuentas, uno siempre es su propio Dios y su propio gólem).
Acá traigo el arsenal de calaveras que me heredó don Lupe Posada; acá traigo una veintena de Carontes que se ofrecen a cruzar conmigo el río ya sea en barca, bicicleta, carroza, trajinera e incluso a pie. Aquí aparecen La Justicia, La Madre Patria, el águila y la serpiente, La Guadalupana, el escudo nacional, el colibrí.
Y, a falta de Virgilio, acá hace acto de presencia la Buba -quien quizás sea mi mejor aportación al imaginario colectivo- para acompañarme en este paseo por el infierno.

En la versión de Rivas-Keferstein, el fango es un cementerio de mitos. En la mía, el fango de los mitos es un manantial depurador; una fuente a la que podemos acudir para restaurar nuestro propio arsenal mitológico. Dialogar con el pasado remoto a través de esa cosmovisión articulada es una forma de retener la sustancia primitiva que aún da sentido a nuestro ser individual y colectivo.

En tanto nuestro pensamiento siga operando de manera irracional (que es una forma educada de decir que como especie somos poco más que simios con tatuajes, bigote recortado y un gatito por mascota), seguirá siendo indispensable pintar bisontes u otros bichos en las paredes de la cueva, salvo que esos bichos son ahora pintados en Photoshop e impresos en un plotter con salida de 60 x 90.
En tanto nuestro pensamiento siga operando de manera irracional, habrá que sentarse cada noche alrededor de una fogata (o desde la comodidad de una computadora personal) a relatar nuestro origen y el origen de las cosas y a recrear -con ello- el mundo.

José Quintero. Marzo 2015

* Lutz ha roto mi prejuicio acerca de los amantes del Heavy Metal, a quienes yo solía calificar (a la manera nietzscheana) como “seres de cabellos largos e ideas cortas”. Lutz es vocalista de la banda Dirty Woman, echa muy buenos rollos filosóficos y siempre está pelado a rape.
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Dibujante autodidacta, domador de historietas, cultor del verso, del ripio y del axioma, artista siempre abismado en las grandes incógnitas del ser humano.

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El fango de los mitos